Desde mayo de 2015, ya no podemos mantener la traducción de nuestra página web española.             
Inicio | Publicaciones | Ayuda humanitaria en marcha | Ayuda humanitaria en marcha n°4 | Afganistán: Crónica de un fracaso anunciado

La revista de Groupe URD

Herramientas y métodos

CHS Core Humanitarian Standard (CHS)
Pictogrammme Sigmah Sigmah Software
Pictogrammme Reaching Resilience

Reaching Resilience
Pictogrammme brochure Kit de formación: acción humanitaria y medio ambiente
Pictogrammme brochure Manual de la participación
Pictogrammme COMPAS Método COMPAS
Pictogrammme globe terrestre Misión Calidad
Pictogrammme PRECIS Humatem Método PRECIS

Afganistán: Crónica de un fracaso anunciado
Laurent Saillard

Tras la caída del régimen talibán, la guerra parecía prácticamente ganada. Ocho años más tarde, el fantasma de la derrota planea sobre las conciencias. ¿Por qué? Entre hipótesis iniciales equivocadas y decisiones tácticas con efectos devastadores, Afganistán se encuentra al borde del abismo, al borde de una nueva guerra civil.

 Introducción

En su tratado sobre la guerra, Carl Von Clausewitz escribía: « La guerra no es un acto político en sí, sino más bien un instrumento, la prolongación de una actitud política, una manera diferente de perseguir un mismo objetivo con otros medios ». Si bien en el contexto de una guerra convencional, como las que han sacudido Europa lo largo de los siglos XIX y XX, esta definición conserva todo su sentido, parece que en el contexto de una guerra como la desatada en la actualidad en Afganistán, uno de los principales escenarios de la guerra global contra el « terrorismo » (a pesar de que hoy en día ya no se habla de GWT : Global War on Terrorism sino de COIN : Counter Insurgency), la guerra obedece a otras reglas que, a falta de una agenda política precisa a la que plegarse, crean un vacío que nada puede colmar aparte de la desilusión, el rechazo y el fantasma de un flagrante fracaso político de un Occidente que aún cree en la universalidad de sus valores.

Justo después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, el mundo entero parecía aprobar la intervención americana y su cruzada contra el terrorismo, Al-Qaeda y los talibanes. La población afgana, en su inmensa mayoría, acogían con los brazos abiertos a las fuerzas armadas extranjeras y veían a esos orgullosos soldados como libertadores. Los talibanes, muy rápidamente, se vieron reducidos a un pequeño grupo de vencidos que rechazaban la rendición, refugiados en las profundidades de la zona tribal entre Afganistán y Pakistán. En 2002, los combates apenas afectaban a poco más del 10% del territorio, la victoria parecía entonces inminente.

Ocho años después, las fuerzas armadas internacionales, alrededor de 100.000 hombres de 41 nacionalidades diferentes, combaten todavía en Afganistán y, a pesar de su indiscutible supremacía tecnológica, se encuentran estancados en una situación que les lleva poco a poco hacia lo que toma cada vez más la forma de una derrota, si no militar, al menos política. Lanzar una afirmación semejante podría parecer apresurado. Sin embargo, es un hecho que planea sobre las conciencias, terrible y difícil de aceptar. Tras ocho años de lucha, no sólo la oposición armada no ha sido derrotada, aniquilada, sino que ha avanzado hasta el punto de representar una seria amenaza en más del 60% del territorio, perturbar el desarrollo económico, desafiar la autoridad del gobierno e infligir diariamente pérdidas a las fuerzas armadas afganas e internacionales. El avenir parece tan oscuro que muchos afganos intentan huir del país por todos los medios. La desilusión es tan grande que muchos de ellos echan de menos la época soviética. ¿Cómo es posible que las Naciones Unidas, que contaban con numerosas bazas estratégicas, hayan podido errar así?