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Crisis, conflictos por los recursos y medio ambiente
Florence Gibert - François Grünewald

En un momento en el que los desafíos medio ambientales ocupan el centro de los debates internacionales, la relación entre crisis de los recursos y conflictualidad, las repercusiones ecológicas de los conflictos y el impacto medioambiental de la ayuda humanitaria deben, más que nunca, ser objeto de trabajos de análisis y recibir toda la atención de los actores.

 Los recursos naturales, factor de conflictualidad

La polemología (ciencia de la guerra) otorga gran importancia al papel crucial del acceso a los recursos en el desencadenamiento y la perduración de los conflictos. Las crisis recientes y actuales no escapan a esta regla y tras los conflictos modernos a menudo encontramos las mismas causas que las guerras más viejas del mundo. De esta forma, en Oriente Medio, el agua que alimentaba las guerras mesopotámicas es hoy en día uno de los componentes clave del contencioso por la posesión del Golán (que implica a Siria, Israel y Jordania) y de la crisis palestina.

En África, la franja sahelo-sahariana, desde la costa senegalesa hasta Somalia, es testigo de una conflitualidad estrechamente relacionada a las curvas pluviométricas. Éstas llevan a competiciones por el acceso a los pastos en las zonas de pastoreo y, más al sur, a confrontaciones entre agricultores y pueblos pastores. En Somalia, la guerra de los clanes conserva aún numerosas características de las guerras por el agua y los puntos de agua, y solamente la reciente implicación del « hecho religioso » consigue modificar una realidad hasta ahora intangible. El fracaso de la ONU se explica ampliamente por la falta de comprensión de este hecho central. En Ruanda y Burundi, la componente « acceso al terreno agrícola » es, desde hace mucho, un elemento de conflictualidad evidente: las crisis son en primer lugar crisis de « campesinos sin defensa » prisioneros entre los conflictos por la tierra y la desigualdad de la distribución de las rentas cafeteras. Los conflictos intercomunitarios en el este del Chad también derivan de problemas en la gestión de los territorios agrícolas y de los pastos. En Darfur, el casus belli es menos la rivalidad étnica que la competición por el espacio y los recursos de la región, todo ello recuperado y manipulado por ciertos intereses políticos.

La apariencia político-diplomática que ciertos conflictos han tomado, principalmente en el contexto de la guerra fría y más tarde en el de negociaciones internacionales, no invalida en absoluto el hecho de que, en un mundo de recursos limitados, el acceso a éstos últimos es un desafío suficientemente importante para desencadenar una respuesta violenta. Las partes en conflicto también pueden ser instrumentalizadas para facilitar a una tercera persona el acceso a los recursos en un Estado debilitado. Se puede citar como recursos conflictivos los minerales raros – como el coltán, necesario para el funcionamiento de los aparatos electrónicos – (RDC), los diamantes (Sierra Leona y Liberia) y, por supuesto, el petróleo (Irak y Kuwait). De la misma forma, el control de los circuitos de comercialización de estas materias primas es un factor mayor de tensión internacional y de conflictos, como nos lo recuerdan las crisis de Georgia (Abjasia y Osetia) y de Nagorno-Karabaj, así como las que arrasan Afganistán desde 1994, cuando el desafío de la estabilización del país se convertía en indispensable para hacer llegar los oleoductos desde el mar Caspio hasta los puertos de Pakistán a través de las llanuras afganas. Por último, el reparto de estas rentas « minerales » se ha convertido en un desencadenante esencial de conflagraciones de todo tipo: Nigeria, Kurdistán, Níger, fragilidad del acuerdo entre el sur y el norte de Sudán. En todos estos países la guerra apesta a petrodólar.