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La guerra de Afganistán no se ganará con la armas
François Grünewald

Afganistán se encuentra una vez más en el centro de la actualidad internacional, principalmente como tema central de los debates del 60º aniversario de la OTAN, celebrado en Estrasburgo. Sin embargo, en un momento en el que perspectiva americana al fin parece evolucionar pero en el que los talibanes declaran la guerra a las ONG [1] y que asiste a una degradación inquietante de la situación en Pakistán, el espacio humanitario en Afganistán es más reducido que nunca. La historia de todas las guerras emprendidas por fuerzas extranjeras en ese país, la actitud de los Estados Unidos en esta región del mundo desde 1980, así como la realidad talib y su necesaria gestión deben ser revisadas. La reflexión sobre estos temas parece conocer un renacimiento a ambos lados del Atlántico, renacimiento que las ONG encontraban a su gusto desde hace varios años [2].

Después de Vietnam, Afganistán es sin duda alguna el contexto en el que los estrategas americanos han cometido el mayor número de errores. Durante la guerra contra el ejército rojo, el apoyo logístico y financiero de la CIA se concentraba en los grupos más fundamentalistas de la resistencia de Peshawar, que encontramos de nuevo durante el sitio de Kabul entre 1994 y 1996, y ahora del lado de los talibanes. Las facciones menos fundamentalistas de la resistencia, especialmente los grupos en torno al comandante Massoud, no recibían ningún apoyo. Durante esta época, no se veía a Ben Laden como un peligro, sino como una baza que, a través del apoyo saudita, podía resultar útil en la guerra contra la URSS. La estrategia americana, fundada sobre el precepto según el cual « los enemigos de mis enemigos son mis amigos », sembraba ya entonces el germen de la situación actual. No resulta banal recordar que en un primer momento los americanos se complacieron con el régimen talibán, al que se suponía dirigido por el ISI paquistaní. Las negociaciones a partir de 1996 de la compañía petrolera UNOCAL, próxima a Dick Cheney, para hacer pasar un oleoducto a través de Afganistán se vieron impulsadas por el nuevo orden imperante en Afganistán. Las cuestiones sobre los derechos humanos y el trato dado a las mujeres no formaban parte del contrato ni del discurso.

Tras el 11 de septiembre, había que castigar a un régimen que había ofrecido refugio a la persona que se encontraba detrás el atentado contra las Torres Gemelas. Más tarde esta guerra de venganza se convirtió en una virtuosa estrategia de « state building ». Pero aún se cometerían varios errores.
El primero fue la elección táctica de los medios más sofisticados de la guerra moderna, que muy pronto encontraron sus límites; para evitar las escuchas, los mensajes circulaban a lomos de burros y los errores de las operaciones de la Coalición se multiplicaron, creando sin cesar dramas y odios.
El segundo error fue Guantánamo y el sistema de justicia especial, al margen del Derecho Internacional Humanitario. ¿Cómo incitar a los combatientes talibanes a respectar los principios del Derecho de la Guerra si los mismísimos ejércitos occidentales no los respetan?
El tercero fue la puesta en marcha de una estrategia cívico-militar fundada en equipos llamados de reconstrucción provincial (los PRT) que han sembrado ante todo la confusión, entre la acción civil por una parte, trasladada a la acción humanitaria y de desarrollo, y la acción militar por otra parte, con sus operaciones de rastreo y de « pacificación » que no han dado frutos. Las ONG han expresado a menudo sus inquietudes frente a los PRT, pero nadie ha tomado en cuenta sus observaciones.
El cuarto es la amalgama de movimiento talibán y terrorismo esgrimida generalmente. El movimiento talibán nació en Pakistán en 1994 (ampliamente suscitado por el gobierno paquistaní, que temía ver a Afganistán exigir una renegociación de la línea Durand que define la frontera entre los dos países), a partir de las madrazas de Quetta y de Peshawar. Tras años de guerra civil y de reinado sin ley de los comandantes, éstos fueron a menudo bien acogidos, incluso cuando su lectura rígida del Islam no siempre era comprendida, en un Afganistán con una importante influencia sufí, ni apreciada, ni siquiera en territorio pastún, donde las identidades tribales tienen mucha fuerza y se rebelan contra toda forma de poder central. Pero únicamente con ocasión del conflicto de Irak los talibanes se vieron enfrentados a otras modalidades de la Yihad que contaminaron entonces Afganistán. Los atentados suicidas de Kandahar, en Kabul, la práctica de degollar a los prisioneros, completamente extraña a la cultura afgana, son importaciones, resultantes directas de la nueva permeabilidad a los métodos de los terroristas procedentes de la crisis iraquí. Estas prácticas son, cuanto menos, tan alejadas de la cultura y los valores occidentales como la tradición afgana, del Pashtunwalli (código de honor pashtún) y del Islam.

Como conclusión después de tantos errores, llega el momento de reconocer que la guerra en Afganistán no se ganará por las armas, aún menos cuando la estrategia militar aplicada por la OTAN se hunde un poco más cada día que pasa. Parece que poco a poco – las últimas declaraciones del presidente Karzai, de Bernard Kouchner, del general Petraeus, jefe de las operaciones americanas en Afganistán, y por último del presidente Obama, lo confirman – se vuelve a lo fundamental. Hay que negociar y, para ello, evitar las amalgamas y los anatemas, que falsean la reflexión y obstaculizan el desarrollo de estrategias de apertura. Para los actores humanitarios, se tendrán que crear las condiciones de respeto y de comprensión de aquello que representa la acción humanitaria, cuyos principios se fundan tanto en el DIH como en los valores del Corán y los Hadices del Profeta. Esto no resultará fácil pero Afganistán, país rebelde y magnífico en el que, hace ahora 30 años, se escribió una primera página de la acción humanitaria, espera que encontremos nuevas vías de acción frente a los desafíos actuales.

 

François Grünewald - Director general y científico, Groupe URD

[1] Según el comandante Mohammed Ibrahim Hanafi, alto comandante talibán, durante una entrevista telefónica a la CNN de principios de marzo de 2009, disponible en: http://www.cnn.com/2009/WORLD/asiapcf/03/15/afghan.taliban.threat/

[2] Ver, especialmente, los trabajos de las ONG canadienses en 2005, los trabajos de British Agencies for Afghanistan (BAAG) y los de la plataforma de las ONG francesas que organizó la Conferencia sobre la reconstrucción de Afganistán, organizada por las ONG el 22 de mayo de 2008, justo antes de la Conferencia de París sobre Afganistán que se celebró en junio.