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Las múltiples dimensiones de la crisis guineana
Jean-Bernard Veron

Guinea ha figurado frecuentemente como una prioridad en complejas agendas humanitarias, esencialmente vinculadas a las crisis de sus vecinos liberianos, marfileños y sierraleoneses. Pero en el curso de los últimos años, la dimensión interna de la fragilidad guineana ha salido a la superficie: en un momento en el que las crisis regionales parecen haberse solucionado, excepto en Costa de Marfil, Guinea se encuentra en la encrucijada.

Durante años, la región del Golfo de Guinea ha sido devastada por conflictos internos que tomaban formas terribles: niños soldados en Liberia, prácticas de amputaciones políticas en Sierra Leona, etc. Guinea parecía un remanso de paz, ofreciendo asilo a cientos de miles de refugiados. Pero la herencia política de la época de Sékou Touré y el difícil camino hacia el desarrollo han producido dinámicas crisógenas en este espacio de paz y han hecho que aún figure en el panel de control de las organizaciones humanitarias, después incluso del retorno de los refugiados, mientras que los actores del desarrollo se preguntan por los efectos de sus propias prácticas en un país a caballo entre el Fouta Jalon, el mundo de la selva y las costas de manglares.

Guinea se encuentra en un momento delicado de su historia, en el que se mezclan esperanzas, tanto por parte de los guineanos como de la comunidad internacional para la salir con éxito de la crisis, incertidumbres a corto plazo en cuanto al proceso de transición política, y numerosos y difíciles retos a largo plazo para el desarrollo económico y social.

A corto plazo hay que alegrarse del hecho que los factores de riesgo inmediatos, ya sean políticos, en términos de lucha electoral, de seguridad, debidos a la indisciplina de ciertos elementos de las fuerzas armadas, étnicos, en vista de la fragmentación del país, u originados por el descontento de la población, cuya situación material es deplorable, no hayan desestabilizado el país hasta el día de hoy.

No obstante, el énfasis que actualmente se pone en los efectos a corto plazo de la crisis guineana tiende a sellar los rasgos esenciales que caracterizan el mal desarrollo del país y que sólo pueden ser tratados con medidas a largo plazo.

* El primero de estos rasgos esenciales es el de que Guinea es un país con un mal desarrollo claro. A pesar de unas condiciones naturales favorables (hidrografía y clima propicios para las actividades agrícolas, riquezas minerales), el país no ha sido capaz de explotarlas con el fin de poner en marcha un robusto proceso de crecimiento económico y mejorar la situación material de su población, más de la mitad de la cual vive por debajo del umbral de pobreza. De esta forma, y en el mejor de los casos, el producto interior bruto per cápita se mantiene estable a largo plazo, por el hecho de que los índices de crecimiento económico y demográfico difieren muy poco entre ellos.

Esta economía tan poco productiva se encuentra, además, desequilibrada y mal articulada en el plano sectorial. Las actividades agrícolas y la ganadería sólo representan una cuarta parte del producto interior bruto pero siguen empleando a tres cuartos de la población. Por lo tanto, la productividad y, en consecuencia, la renta per cápita se mantienen con un bajo nivel.
En el lado opuesto, la explotación minera no emplea mucho más de 15.000 personas, pero representa también una cuarta parte del producto interior bruto. Su impacto sobre el resto de la economía nacional es reducido, aparte de la producción de divisas y la generación de ingresos para las finanzas públicas. Peor aún, la importante dependencia del presupuesto general del Estado respecto de este sector es fuente de desequilibrios macroeconómicos en los momentos de caída de los precios en bolsa.

* Estas desigualdades económicas vienen acompañadas de una multitud de desigualdades sociales, lo que constituye el segundo de los rasgos esenciales que caracterizan al país. Entre las ciudades y el campo en primer lugar, porque, si la mitad de la población guineana vive por debajo del umbral de pobreza, este porcentaje es del 24% en las ciudades y del 60% en las zonas rurales. En segundo lugar, entre las diferentes regiones que componen el país, y ello a expensas de la Alta Guinea, en la frontera maliense, así como la Guinea forestal en los confines de Liberia, Sierra Leona y Costa de Marfil. Desde un punto de vista más general, la tasa de acceso de la población a los servicios de base (energía, agua, transporte, educación, salud) no sólo es inferior a la media de los países de la región, sino que, una vez más, presenta una clara desigualdad en detrimento del mundo rural y las provincias periféricas.

Dichas desigualdades, que alimentan un sentimiento de « abandono » por parte del poder central, generan frustraciones y un clima propicio para las reivindicaciones violentas y, por lo tanto, la desestabilización política. Éste fue el caso a finales de 2006 y principios de 2007, durante los movimientos de protesta que tomaron cierto cariz de insurrección.

Además, ocasionan una marea continua de inmigrantes de los campos hacia las ciudades (y, en especial, hacia Conakry), muy por encima de la capacidad de éstas últimas de proveer trabajo y servicios en función de las necesidades. Como consecuencia de ello resultan una tasa elevada de desempleo y de subempleo urbanos y, por ende, la marginalización de los recién llegados, que pertenecen por lo general a las nuevas generaciones, y su no integración socioeconómica, cuyo poder de desestabilización a largo plazo no puede ser ignorado.