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Mal tiempo en el planeta Tierra
François Grünewald

Tras los resultados totalmente intolerables de la cumbre de Roma sobre la seguridad alimentaria y los resultados desde todo punto de vista insatisfactorios de la conferencia de Copenhague sobre el cambio climático, sólo cabe una conclusión: las cosas empeorarán aún mucho antes de que la situación mejore.

A lo largo de los últimos años, el número, amplitud y efectos de los desastres « considerados » como naturales han sido extremadamente altos. 2003 terminó con el dramático seísmo de Bam en Irán y el año siguiente, la semana de Navidad, le tocó el turno a los efectos aterradores del tsunami en el sudeste asiático. En 2005, los especialistas en ciclones tuvieron que recurrir del alfabeto griego ya que el alto número de huracanes registrados a lo largo del año sobrepasaba las posibilidades del alfabeto latino. Este mismo año, el terremoto de Pakistán y el huracán Katrina han disipado todas las dudas posibles sobre el poder devastador de las fuerzas de la naturaleza. El final del año 2005 y el principio del 2006 fueron muy duros en el Cuerno de África, con una sequía devastadora. 2007 y 2008 también contribuyeron con su séquito de sufrimientos mientras que 2009 ha superado todos los récords con una combinación de sacudidas telúricas y desastres climáticos. Una crisis aguda de los precios de los alimentos, reforzada por el crack económico, ha socavado de forma drástica la resiliencia de la población. Aquí, las tensiones en torno al control de los recursos en agua y pastos se agravan, provocando enfrentamientos entre comunidades aún más peligrosas dado el aumento de su capacidad letal como consecuencia de la proliferación de armas. Allí, los pueblos insulares ven con desesperación cómo sus islas desaparecen. Más lejos, son las suburbios pobres de una de esas megalópolis del sur los que se encuentran expuestos a los corrimientos de tierra.

¿Se mantendrá esta tendencia? ¿Está preparado el mundo para afrontar su propia vulnerabilidad? ¿Están preparadas las naciones, ya trabajen solas o en colaboración, desde el aparato de Estado a la sociedad civil, para aceptar los retos y afrontar las amenazas respectivas, cada vez más numerosos, que surgen en nuestro pequeño globo? ¿De qué manera? Después de la cumbre de Roma y la conferencia de Copenhague, todos estos elementos se encuentran sobre la mesa, acompañados de la trágica perspectiva ante el hecho de que aún tiramos piedras sobre nuestro propio tejado.

Aunque antaño las catástrofes naturales pasaban más o menos desapercibidas junto a los conflictos armados y otros signos de la brutal locura humana, no eran por ello más inofensivas. Los ciclones de Madagascar, los seísmos en Turquía o América Central, las sequías en África, las inundaciones en Asia y, muy recientemente y con una amplitud jamás conocida hasta entonces, en Europa, se multiplican, con su cortejo de víctimas humanas, cualquiera que sea el régimen político. Dichas catástrofes se convierten progresivamente en un problema primordial y global. Pero, ¿son realmente « naturales »? El hecho es que cada vez más gente vive en zona de riesgo, consecuencia de la búsqueda irracional de tierras próximas a los ríos, las costas y las ciudades.

El debate sobre el cambio climático en su conjunto nos trae una nueva serie de factores críticos y, sobre todo, de esas famosas « retroacciones » que nos arrastran hacia futuros inquietantes: el posible cambio de la temperatura de los océanos y de la atmósfera (¿qué ocurrirá si la Corriente del Golfo se ve modificada?), el deshielo de los casquetes polares, y de hielos permanentes (¿qué ocurrirá cuando miles de toneladas de metano sean liberadas en la atmófera?), etc. El aumento exponencial previsto del número de refugiados y desplazados « climáticos » figura ya entre las primeras prioridades de las agendas internacionales. Mientras el Protocolo de Kyoto parecía empezar a recibir un mayor apoyo y reconocimiento, el « vaso medio lleno, medio vacío » que nos presenta Copenhague resulta inquietante.

Cada vez más, se perfila la imagen de un pequeño planeta sacudido sin descanso por crisis multidimensionales en las que entra en resonancia una larga gama de factores humanos y naturales. Las guerras, el mal gobierno y, hace muy poco, los traumas económicos han vuelto a la población aún más vulnerable respecto a los desastres. El acceso y control de los recursos naturales (tierras, agua, biodiversidad) por medio de la fuerza, la violencia, la extorsión o la corrupción son cada vez más frecuentes. La población civil en curso de degradación avanzada se ve empujada hacia los márgenes de los sistemas. Estas personas se encuentran entonces en primera línea frente a las repercusiones de los cambios climáticos, crisis económicas y conflictos sociales.

Cuando la situación se degrada tanto, lo principal es la supervivencia cotidiana. Los mecanismos de subsistencia, como la reducción del consumo de alimentos o la dependencia respecto de los alimentos silvestres (hojas, tubérculos, caza, etc.) son las últimas etapas antes de la degradación total. En dichos contextos, marcados por niveles extremos de escasez, la población no tienen otro remedio que el de implicarse en prácticas extremadamente agresivas contra el medio ambiente: fabricación de carbón, deforestación, extenuación de las fuentes silvestres de alimento, venta progresiva del ganado (en primer lugar, las hembras de camello en periodo de cría y después las crías mismas) y del capital de producción, etc. Los niveles de descapitalización y de degradación ocasionados por estos procesos conducen a los barrios de chabolas, campos de desplazados y periferias urbanas. De esta forma se recrudecen las vulnerabilidades frente a futuros desastres.

Los líderes políticos del mundo han fracasado, tanto en Roma como en Copenhague, y no han sabido encontrar un acuerdo adaptado a la gravedad de la situación y la urgencia de las medidas necesarias. Las sociedades civiles no han conseguido inmiscuirse con la fuerza suficiente en el terreno de las decisiones. Tendremos que pagar entre todos el precio de estos fracasos.

 

François Grunewald es director executivo de Groupe URD